¿Eres tú, Zapata?

–¡Límpiate los mocos, niña! –

El grito la obliga a abrir los ojos. Está en el suelo y le hablan desde las alturas. El ambiente apesta a leche fermentada y carne podrida. Se cubre la boca y apenas impide que el vómito le manche la dignidad.

–¿Estoy muerta? –

No recuerda qué pasó ni cómo llegó a esa cueva poco iluminada. Hace unos momentos estaba en una esquina esperando la llegada del camión que la llevaría a casa. Jugueteaba en los labios con un gajo de la mandarina que le regaló Alejandro. En el autobús repasaban la tarea cuando un huracán en forma de tranvía explotó a su alrededor. Fierros como dagas se hincaron en su cuerpo y le descuartizaron la carne y los sueños.

Perdió el conocimiento cubierta de sangre y restos de otros pasajeros. Era un pez atravesado por una lanza de metal que le quemó las entrañas.

–¿Te puedes parar? –

Alguien le ofrece una lija en forma de mano para que pueda levantarse.

–Gracias. ¿La estación está cerca de aquí? – balbucea entre castañuelas y la piel transformada en alfiletero.

–Aquí no hay nada, niña.

La respuesta es una bofetada que la devuelve a su nueva realidad. Abre los ojos un poco más, busca orientarse. Recarga la espalda en lo que parece la barra de una cantina cuyos mejores años quedaron atrás. Baja la vista y su ropa está impoluta. Puede moverse con libertad. Lo que sea que le haya pasado, aquí no tuvo efecto.

El aire apenas se puede respirar y debe controlar las arcadas que le llegan como marea en luna llena. En el techo, una araña sostiene entre sus patas de madera ocho velas agonizantes. Detrás de la barra un ejército de botellas vacías monta guardia. Las paredes de la cantina están tapizadas de fotografías. Rostros marchitos, sonrisas huecas, ojos vacíos, bocas congeladas en un grito eterno.

–¿Quiénes son? –

– Nadie. Son restos de ilusiones que murieron al nacer. O eso me dijeron.

Los ojos del espectro son un pozo sin fondo. Debajo de su nariz de cadáver, unos labios adornados con un bigote espeso como el bosque de Chapultepec. Tiene el uniforme desgastado, se le cae a pedazos.

–En esta cantina solo estoy yo. No hay otro camino, solo esas dos puertas. Una por donde saliste. La otra por donde sé que debo seguir pero no me dejan.

–¿Lleva mucho tiempo aquí? –

– No lo sé. Tal vez. Todavía me acuerdo cuando comandaba el Ejército Liberador del Sur. ¿Has escuchado de nosotros? Navegábamos nubes de polvo y miedo. ¡Éramos unos vergas! Respetados y temidos. Y es posible que aún siguiera con vida si no hubiera sido tan pendejo. Confié en Guajardo y terminé con la panza llena de plomo al entrar a Chinameca. ¡Hijo de la gran puta! Desde entonces estoy atorado en esta chingada cantina de paso.

Una cálida luz invade las tinieblas y se cuela por debajo de la puerta por la que, según el fantasma, ella apareció. Se escuchan voces, alguien grita su nombre y le ruega que regrese.

– Niña, regresa por donde viniste. Se me hace que tu tiempo no ha llegado. Anda, vuelve. Seguro están preocupados por ti.

–¿Y usted? –

– A mí nadie me espera del otro lado. No tengo prisa.

La joven da media vuelta y se dirige al umbral. Conforme se acerca a las puertas, aumenta la claridad y con ella regresa el dolor al rojo vivo. El sufrimiento le sube a la garganta en forma de un lamento que la acompañará toda la vida.

Echa un último vistazo a la cantina y el espectro, desde la barra, le sonríe con una boca abarrotada de colmillos.

*Texto nacido en un taller de Té de Querer.

Química

Abren los ojos al mismo tiempo. La ventana del cuarto arde con la luz del amanecer. Están despiertos antes de las ocho de la mañana de un sábado cualquiera.

–Ya no puedo dormir más.

–Lo sé. Me pasa igual. –

Sofía tiene una hija. Roberto dos niños. Saben que las mañanas del fin de semana empiezan antes de que el sol se cuele entre los palacios de la ciudad. Debajo de las sábanas sus pieles cubiertas de espinas se tocan con la delicadeza de un relojero. Son bombas de tiempo que buscan una excusa para estallar.

–Vamos a bañarnos.

Más que invitación es una orden y Roberto la acata. Se quitan la ropa y con ella se derrumban las dudas con las que se fueron a dormir. Bajo el chorro de agua la vergüenza se evapora a través de la ventana.

–Me gusta verte así, sólo con la sonrisa puesta.

Las mejillas de Sofía se tiñen de primera vez y llena la boca de Roberto con un beso que sabe a esperanza.

–¿Qué quieres desayunar? – pregunta Sofía.

No sabe qué ofrecerle y Roberto no conoce con qué llena sus mañanas Sofía.

–Todo menos café. – le confiesa.

La mesa de la cocina les queda chica de todo lo que se quieren decir. Ninguno quiere racionalizar lo que está sintiendo. A su edad el amor se convirtió en un animal mitológico que gusta esconderse en los rincones de un laberinto con forma de corazón. Él es un hombre de pocas palabras y las que hoy tiene son todas para Sofía.

–Vámonos. Ahorita seguimos platicando en el camino.

Sofía maneja rápido, le gusta la velocidad. En las curvas de la carretera se siente viva, como trapecista haciendo piruetas en la orilla del abismo.

Los kilómetros avanzan como un suspiro. Las pestañas de Sofía borran los recuerdos amargos que inundan la boca de Roberto. Y en el asiento del copiloto los brazos de Roberto se visten de primavera.

Llegan a su destino y al cielo no le cabe más azul. Caminan de la mano como si llevaran haciéndolo desde antes de nacer. Sus dedos se encargan de llenar el silencio mientras se sumergen en el río de gente que sigue el mismo cauce por el que navegan.

En el pueblo no hay un camino definido y uno escoge por dónde se quiere mover. Sin palabras eligen el menos transitado. Paso a paso construyen una ilusión, la bautizan y dejan que crezca, que dé sus primeros pasos, que se pele las rodillas con su primera caída, que viva.

–Párate debajo de ese árbol. Voy a regalarte una nueva foto de perfil.

Roberto se guarece bajo la sombra del eucalipto con la sonrisa que desde hace unas horas le pertenece a Sofia.

No quiero regresar. –confiesa Roberto en voz baja y le contesta el viento.

Han pasado unas horas y adelantan la vuelta amenazados por la lluvia.

El corazón de Roberto late con distintas tonalidades. Si bien no es nuevo lo que siente, el cambio radica en que antes de ponerse la sonrisa de Sofía por la mañana, se quitó las expectativas y las dejó colgadas en casa. Desde su asiento le declara:

–Sofia, sigue manejando y llévame a conocer todas las nubes.

Llegan a la ciudad con la luna dibujándoles un camino plagado de anhelos ansiosos por hacerse realidad.

En la habitación se arrancan los miedos. Dejan en el suelo los escombros de la incertidumbre.

Se hacen nudo y, a partir de esa noche, brillan como una estrella más del firmamento.

*Texto nacido en un taller de Té de Querer.

Las horas tienen dientes

Hay algo que no les he contado.

Cuando despierto de madrugada los busco entre las sombras y debajo de mi almohada donde, si presto atención, aún escucho sus risas. O que platico con sus fotografías y bailo con las cortinas al ritmo de nuestros recuerdos.

Extrañar nos queda corto y cada partida es una nueva cicatriz que adorna las paredes de esta habitación. Las puertas se atrancan, las ventanas cierran sus párpados. En el ambiente flotan risas, reclamos y sueños que tienen nombre y apellido.

Hay algo que no les he contado.

Aprendí a exprimirle recuerdos al segundero mientras mi corazón late de tres en tres. Sístole y diástole, pronunciándolos. Haciendo magia con sus nombres en cada estallido cardiaco. Es un triunfo verlos crecer y saber que sus sonrisas son las mías. Hoy sé que amar es aprender matemáticas otra vez, ver una película hasta memorizar los diálogos y que los sueños sí se reflejan en la mirada.

Hay algo que no les he contado.

Estas son las horas que más temo. Las del domingo cuando el sol se acuesta y yo lo hago lejos de ustedes. Estas son las horas que me gustaría erradicar. Las que se van en un grito. Las que escapan por las ventanas que dejamos abiertas. Las que se escurren por nuestros párpados cargados de sal. Quisiera que estas horas perdieran el tino y fallaran el blanco. Ahorrarnos la nada que va dejando la ausencia; el paso impaciente del día.

Estas son las horas que tienen dientes y muerden cuando las molestan.

Y ustedes sólo me piden:

– ¡Papá, mira mi gol!
– Papá, ¿cómo me quedó el dibujo?

-Papá, ¿me cuentas una última vez tu cuento?

Y yo quiero partirme en tres, esconderme en sus maletas. Que me guarden junto a sus juguetes y abrazarlos al dormir. Y con el llanto atorado en la garganta le ruego a Chronos una hora más con ustedes; le cambio mis piernas por un segundo, un suspiro, un aliento. Sólo esta vez.

Pero el sol sigue cayendo, y le suplico a una luna indiferente que se tarde, que no salga, que me deje respirar el mismo aire unas horas más. Que los quiero conmigo, los quiero hoy, los quiero siempre.

Supongo que uno se acostumbra a vivir fracturado. Pero mientras llega ese momento, yo espero que mañana me crezca otro corazón.

La apuesta

—¡Ándale, puto! ¡Te toca!

Sus piernas chapoteaban en la fosa de clavados. De un azul espeso, el agua se tragaba la luz; la digería y nunca la regresaba. Las jacarandas acariciaban los ventanales y la luna se asomaba entre sus ramas, como si quisiera ser testigo de lo que estaba por suceder. Éramos los últimos que quedaban después de la clase.

Paso a paso ascendí por una escalera que llegaba hasta las estrellas. Con el corazón aferrado a las costillas y los poros llorando de miedo, me pregunté en qué momento había aceptado hacerlo. Pero ahora poco importaba. Acaba pronto y vámonos, tartamudeé. En el techo del mundo, caminando entre las nubes, recorrí la plataforma con unas piernas tejidas con ligas.

Mis dedos se asomaron al precipicio y lo vi, gritándome desde la orilla, esperando que tuviera los huevos para cumplir la apuesta. Él cumplió su parte, ahora me tocaba a mí. Era como estar en una caverna: sus gritos rebotando entre las estalactitas, mientras mi voluntad se clavaba en las estalagmitas.

Concentrado en silenciar sus chillidos y saltar, algo irrumpió mi campo de visión: en la alberca, una sombra surcando las profundidades y acercándose a la superficie.

¡Ya, salta! gritó a kilómetros de distancia.

Cuando en terapia me pedían recordar qué había pasado, me gustaba describir a mi hermano como una esfera roja, de esas con las que adornábamos el árbol de navidad. De esas esferas que al tocar el piso detonaban en cientos de cristales. Siempre lo conseguía. Pensar en él como una bola de cristal. Pero esta vez no.

Esta madrugada escupo la memoria en mis sábanas y lo veo: la fosa explotó y una lluvia de tentáculos cayó sobre él. Su cuerpo estalló en una masa de carne y huesos salpicando las paredes con la sangre de nuestros padres. Ocupé la primera fila de su sacrificio. La luna prefirió esconderse tras las nubes, cobarde. Yo no parpadeé.

La sombra regresó al abismo y la superficie se convirtió en un espejo marrón. Y mientras uno de sus ojos rodaba rumbo a las coladeras, yo me tragaba un grito que hoy vomito en la oscuridad.

*Texto nacido en un taller de Té de Querer.

Espérame

La luna se coló por la ventana y le dio un beso tan frío como su cuerpo. Deslumbrado, giró su cabeza hacía la pared. Otra vez olvidó cerrar las cortinas, pensó. Le hubiera gustado quedarse más tiempo acostado, pero quería estar con Ella. Extrañaba el espacio entre sus muslos, acurrucarse bajo las sábanas y soñar hasta el amanecer. Se acercó a la cama y de un salto aterrizó encima. Estaba hecha. No había señales de que Ella hubiera pasado la noche en casa. Un escalofrío recorrió su columna. Siempre le avisaba cuando salía, pero esta vez no recordaba ninguna despedida.

El pasillo principal, al igual que el resto del departamento, estaba tapizado de espejos. No había cortinas que detuvieran el paso de la luz, que entraba sin resistencia y empapaba todos los rincones del lugar. Con el silencio por compañía, empezó a patrullar su reino como todas las noches.

Compartía el hogar con otro de su especie. Eran dos copos de nieve caídos del mismo cielo y estaban hechos a la medida uno del otro. Se perseguían y escondían entre los muebles. Hacían competencias sobre quién aguantaba la vista fija antes de parpadear o quién sería más intrépido al saltar entre los sillones.

Sin embargo, solo aparecía frente a los espejos. Lo había buscado debajo de la cama, en el clóset. Tampoco aparecía en la cocina, lo que era rarísimo pues ahí es donde uno come. Si no es en la cocina ¿dónde comería? A pesar de los momentos en que desaparecía de su vista, siempre lo llevaba en el corazón. Desde que eran cachorros se habían acompañado. Siempre del otro lado del espejo.

Hoy no lo encontraba por ningún lado. Ni siquiera frente a sus espejos favoritos donde el sol los acariciaba todas las mañanas. Con el corazón marchito, regresó al cuarto y se acostó en la cama. Cobijado por la melancolía, cerró los ojos.

Supo que había regresado antes de que abriera la puerta y corrió para darle la bienvenida. Ella entró en silencio. Tenía los ojos inyectados en sangre. Llevaba en una mano el paraguas perlado en sudor y en la otra, una caja. Sin prender las luces, la puso sobre la mesa. Quería consolarla, pero el maullido se le atoró en la garganta. Ella tampoco tenía ganas de hablar, ni siquiera reparó en su presencia mientras se dirigía a la cocina.

Mientras Ella abría el refrigerador, él se acercó a la caja. Era de color azul y, al igual que la noche, estaba adornada de estrellas. En una placa de metal estaba grabado su nombre y una frase. Al terminar de leerla, la certeza lo sofocó. Comprendió la ausencia de su gemelo frente a los espejos, y el llanto de Ella que por momentos amenazaba con inundar el mundo entero.

Era hora de abandonar el hogar que habían compartido y continuar su camino. Por extraño que pareciera, ya no estaba triste. Una intención en el pecho calentaba su piel. Un propósito con sabor a esperanza. No sabía cuándo pero sí en dónde. Ella le había dejado instrucciones en la placa que mandó sujetar a la caja. Se despidió de sus recuerdos y, antes de salir, leyó el texto por última vez: “Nos veremos al final del arcoíris”.

3:15 a.m.

03:03 horas

Hace tres meses que me despierto a la misma hora con la certeza de que la alerta sísmica desgarrará la noche. Las luces neón del reloj dejan un rastro rojizo en mi buró. Un rayo de plata se cuela por las cortinas. Las sombras juguetean en las paredes, se persiguen y esconden entre los muebles. Cierro los ojos e intento conciliar el sueño.

03:05 horas

—¡Ven!

Abro los ojos y mi espalda se convierte en un arco tenso. La orden provino de la oscuridad. Las sombras dejan de jugar en las paredes. El miedo se percibe en el ambiente; se puede tocar. ¿Lo habré imaginado? La cama es una playa en la que estoy varado. Incapaz de moverme, mis ojos buscan respuestas en el techo.

03:07 horas

—¡Ven!

La orden catapulta mi cuerpo. Sentado en la cama, los pies besan el suelo y se congelan. El frío repta por mis piernas, escala hasta el pecho. Me da un abrazo que hiela mis entrañas.

¡No quiero! intento gritar con todas mis fuerzas, pero de la boca surge un balbuceo incoherente. Mi lengua es la única duna en un desierto olvidado.

03:09 horas

—¡Ven!

Del techo brotan hilos. Miles. Finos como cabellos; se me clavan en los brazos, piernas y hombros. Mi piel es un alfiletero. Abro la boca para protestar, pero suturan mis labios. La noche susurra una orden: el títere se levanta y comienza su andar.

03:11 horas

En el baño brota agua caliente de la regadera. Puedo ver el vapor escapar por debajo de la puerta. Al abrirse, el hedor a carne podrida me golpea en la cara haciendo que los ojos hiervan en sus cuencas. Apenas distingo algo entre las tinieblas. Me arrastran al lavabo y en el espejo empañado alcanzo a verme: soy yo, pero es alguien más. No reconozco el reflejo que hasta hace unas horas era el mío. No devuelve los mismos gestos ni está vestido como yo. Tiene la mirada cargada de muerte.

—¡Acércate!

—¡No quiero!— contesto entre dientes, con los labios ensangrentados.

El reflejo no se inmuta. Cierra su puño izquierdo y jala las cuerdas, haciéndome chocar contra el lavabo. Los hilos estrujan mi cuerpo.

03:15 horas

La cosa detrás del espejo toma con su mano derecha mi navaja de afeitar. La lleva hasta su cuello y dibuja en él una nueva sonrisa que, en un pestañeo, se abre como una rosa. Las cuerdas que me sujetaban desaparecen. Bajo la vista y un manantial caliente empapa mi playera. Nunca pensé que la sangre quemara tanto, pienso.

Trato de decir algo, pero mi vida se escapa por la incisión. Resbalo en el charco de sangre y lo último que veo antes de caer es el reflejo.

Está sonriendo.

*Texto nacido en un taller de Té de Querer.

Centro comercial

Siempre te imaginaste qué pasaría si al cerrar el centro comercial te quedaras dentro. Para una niña de 13 años es fácil imaginar; llevar a cabo el plan era otra historia.

Un día decides esperar a que todo el mundo se vaya, escondida entre los colchones del departamento de muebles en el tercer piso. Conforme pasan las horas y se acerca el cierre, dejas de escuchar voces. Los pasos se vuelven intermitentes; uno que otro taconeo perdido buscando las escaleras. Las risas de los últimos en salir. La oscuridad reclamando su lugar.

Hace frío y, aunque estás abrigada, tienes la espalda congelada y los nervios destrozados. Por lo menos ya tienes qué contar en la escuela.

Parece que ya se fueron todos, piensas. Con el cuerpo entumido, como un oso recién salido de hibernación, te deslizas fuera de la madriguera. El silencio no es absoluto. El corazón te late con tanta intensidad que sientes que en cualquier momento estallará en tu pecho o, en el mejor de lo casos, lo escupirás.

Te sientas unos minutos en lo que fue tu refugio durante horas y planeas tus siguientes pasos. El teléfono se quedó sin pila. La última conversación fue la que tuviste con papá: Sí, papá, estoy bien. Me quedo con mamá. Sí, en casa. Mañana te veo.

Valió madre el plan de usar la lámpara del teléfono, y mucho menos pensar en sacar una fotografía como evidencia de tu proeza. ¿Ahora qué hago?

Explora, te contestas. Pero antes de dar el primer paso, tu estómago levanta la mano, quiere participar: «¡Dame de comer!». Por fortuna, cerca de las cajas encuentras un paquete abandonado de donas espolvoreadas. Las metes a tu boca con tanta urgencia que estás a punto de atragantarte con el plástico.

Con el estómago tranquilo exploras tu nuevo reino. Pero terminas pronto. El tercer piso está de hueva, concluyes con decisión. La oscuridad no es total. Algunas luces en el piso iluminan tu andar, cual pistas de aterrizaje esperando un vuelo que nunca llegará. Ya te acostumbraste a los latidos de tu corazón o, por lo menos, éste ya no se quiere escapar.

Encuentras el cubo de las escaleras eléctricas. Es como mirar la boca abierta de un gigante. Abierto el hocico: listo para comerte. Por primera vez en la noche los dientes del miedo se te clavan en el cuello. Con las piernas hechas un flan, desciendes por las vértebras de un dinosaurio olvidado en las tinieblas de ese centro comercial.

En el segundo piso están el departamento de caballeros, damas y niños. Pero sabes que en una de las esquinas de ese piso están los quioscos de videojuegos. Tomas el pasillo central. Al igual que en el piso de arriba, tus pasos son iluminados. En medio de ese mar de oscuridad, las luces te indican el camino para aterrizar segura en tu destino.

Un movimiento aparece en tu campo de visión. A la derecha. Volteas y no hay nada. Debiste imaginarlo porque tampoco escuchaste ningún sonido. Otra vez tu corazón se aferra a las costillas. Es un prisionero en la cárcel de tu pecho. Tus pies echaron raíces y no te dejan escapar. Sientes miradas en la piel.

Pasan los minutos suficientes como para recuperar tu capacidad motora. Las raíces en tus pies se pudrieron y ya puedes caminar. Tu único pensamiento es salir de ahí. Giras, iniciando la retirada.

Al apartarte notas algo distinto: maniquís, formados a lo largo del pasillo. No recuerdas haberlos visto antes ¿o sí? Estatuas silenciosas, pálidas como espectros. Hombres, mujeres y niños atestiguando tu salida.

Otra vez esa sensación de ser vista. Pero ya no quieres voltear porque estás segura de que, en cuanto lo hagas, lo verás. Algo se mueve detrás de ti. Escuchas un paso. Volteas y en el centro del pasillo un maniquí infantil con pijama de franela te está mirando. Bueno, es un decir: no tiene ojos, es todo plástico. Pero apareció donde hace unos segundos no había más que azulejo.

Un calor húmedo recorre tu entrepierna empapando el suelo. La misma sensación de tener raíces en los pies. El niño de plástico da un paso. Su forma de caminar es vacilante; no tiene articulaciones y se nota. Su rostro te tiene hipnotizada. Lo que llama tu atención no es la falta de ojos, sino tanta boca. Está abierta y te recuerda una sanguijuela, un embudo de dientes listo para cortar y succionar.

Estás tan seducida por el demonio en pijama que cuando te arrancan la mejilla casi ni parpadeas. Por instinto, las manos se disparan a tu rostro y, en el lugar donde papá acostumbra besarte antes de dormir, sientes muelas, dientes y tu lengua agitándose como un pez fuera del agua, boqueando por respirar. Lo que se llevó el pedazo fue un maniquí vestido de novia, lista para ser entregada en el altar con un cacho de ti entre las fauces.

Mientras la novia del diablo mastica tu mejilla, el espectro en pijama cierra la boca en tu nalga, separando carne y mezclilla por igual. Empiezas a patinar en tu orina, mierda y sangre. No te vayas a caer, piensas. Pero ya estás en el suelo. El olor despertó a la mayoría y se acercan a reclamar su parte del botín. Cuando dejan las costillas al descubierto dejas de sentir, y está bien. Ya solo eres el plato principal de este banquete. Te hubiera gustado verlo todo hasta el final, pero extraen tus ojos y se apaga la luz.

Carretera

Ya tenía que haber llegado. ¿A quién chingados se le ocurre casarse en ese pinche pueblo?

Puta neblina. Estoy manejando en leche; espesa, coagulándose en la carretera. El volante es un témpano, las manos se me duermen y no quieren despertar. El aliento empaña mis anteojos. Inhalo escarcha y desesperanza.

En la radio, Cerati canta como si estuviera vivo mientras la niebla se burla de los faros. Escucho su risa juguetona, provocándome. No vas a llegar, susurra en mi oído una lengua de hielo.

—Tienes frío, ¿verdad? Cierra los ojos. Descansa. Nadie te está esperando. Ella hizo su elección; haz la tuya y quédate conmigo.

Estoy por contestarle cuando el auto le roba un beso al muro de contención. Un beso húmedo, inexperto. De esos que te arrancan la respiración. Un beso del que soy mudo testigo.

El mundo explota. Una lluvia de cristales anida en mis ojos, reventándolos. Creo que no llegaré a la boda, concluyo, al tiempo que me trago los dientes.

Mi cara se transforma en la cabeza de un ariete que asalta las puertas de un castillo, atraviesa el parabrisas y conquista el cielo. Sangre era el único aderezo que le faltaba a esta ensalada de fierros retorcidos y aceite de motor. Estoy volando.

La caída dura poco. En su loca carrera por hacerme suyo, el agua viola mis pulmones: los aplasta. La oscuridad abre sus piernas. Estoy ansioso por entrar en ella.

Está bien, te elijo. Es mi último pensamiento al volverme río.

*Texto nacido en un taller de Té de Querer.

 

Confesionario

Primera parte

Perdóneme, padre, porque he pecado.

Usted sabe cómo soy, nunca ha recibido ninguna queja en contra mía. Bueno, tal vez alguna pero son las menos, ¿verdad, padre? Sí, está bien, han sido más de dos pero eso lo sabe usted, y nadie más.

—¿Que qué hice esta vez? No lo sé, padre, no me acuerdo. Pero míreme las manos, ¡míreme! Las tengo llenas de coágulos; espesas como las sanguijuelas del estanquey, por más que quiero, no me las puedo arrancar.

—¡Ya me acordé¡Me robaron! Me quitaron una de las gallinas, padre. Se llevaron mi gallina ponedora. La más gorda, ¿se acuerda?

—No me pregunte eso, padre. Solo véame la ropa. Empapada como si me hubiera derramado encima el vino de consagración. Caliente, recién salido de las venas de nuestro Señor. Perdón, padre; sí, tiene razón, no lo vuelvo a hacer.

Perdóneme, padre, porque he pecado.

En un minuto un volcán hizo erupción en mi cabeza y al siguiente su lava devoró todo a mi alrededor. Tomé el cuellito y lo quebré, padre. Una rama entre estas manazas que apestan a culpa.

Cuando las cenizas se asentaron, tenía en mi regazo un pedazo de carne cruda, recién sacrificada para aplacar la ira de un dios… perdón, padre, ya pequé otra vez.

Para que me crea, mire: aquí la traje. Mírela. ¿No la reconoce? Escuche su corazón, lo saqué de su nido en las costillas para que pudiera platicar con usted. Aproveche que todavía está tibio y hable con él.

Perdóneme, padre, porque he pecado. No lo vuelvo a hacer.

Segunda parte

¡Pinche calor de mierda! Encerrado en esta puta cárcel y hasta las tres de la tarde. ¿Qué hora es? Todavía faltan treinta putos minutos de estar escuchando los lamentos de estos pinches indios.

La peste a orines es tan espesa que la puedo tocar; masticar. En lo único que pienso es en quitarme la pinche sotana, esperar a que llegue Jovita y cumpla su penitencia.

No sé por qué me mandaron a este pueblo de muertos de hambre. Son unos animales. Bestias de carga que solo sirven para coger y cagar; alabado sea el señor.

Perdóneme, padre, porque he pecado.

Antes de escucharlo lo puedo oler. Apesta a matadero, a res abierta en canal.

«¿Ahora qué hiciste?» Me escucho preguntar, pero no lo oigo. Por los orificios del confesionario puedo ver a satanás en persona. Calado hasta los huesos, cargando entre sus brazos un bulto sanguinolento.

Perdóneme padre, porque he pecado. No lo vuelvo a hacer.

—Lo que hiciste es imperdonable y no tendrás cabida en el paraíso; sin embargo, te perdono. Puedes ir en paz.

A los ojos de su dios, él es un demonio. Ante mis ojos, es un espejo en el que me quiero reflejar.

*Texto nacido en un taller de Té de Querer. 

¿Me perdonas?

– ¡En mi puta vida te voy a perdonar! – gritó y las paredes de la que aún era su casa, se pusieron a llorar. Su cabeza era un volcán en erupción en medio del pasillo.
– ¿Cómo pudiste ocultar algo así? Tan importante para todos, para mí.

– Perdóname, nunca quise hacerte daño.

Hecha una furia entró al cuarto y arrancó la ropa de los cajones. Abrió el closet y desenterró los esqueletos junto a sus zapatos. Tenía prisa y lo único que importaba era escapar. Al bajar las escaleras sintió que la casa se la estaba tragando. El hogar construido por los dos no quería que se fuera. Los recuerdos le clavaron los dientes en la piel, arrancando a mordidas su tranquilidad.

– Espera amor, hay que hablar. No te vayas.

Su voz le llegaba de otra galaxia, alienígena.

– ¡Lo que hiciste no tiene perdón! – escupió con la boca repleta de centavos.

Apúrate o te vas a desmayar, rumió para sí. La cabeza ya era toda lava y cenizas, y ahora un ejército de termitas empezó a construir una nueva morada en su cerebro, masticándolo poco a poco.

En el baño los fantasmas nublaron su visión. Abrazados a su cintura le llenaron de besos el cuello, invitándola a dormir, a olvidar. Los mismos espectros de los que un día, frente al altar, él juró protegerla.

Con el cuerpo hecho un mar, se sostuvo del lavabo. Abrió el espejo y una avalancha de memorias la heló de pies a cabeza. Su cuerpo era un avión en picada desplomándose entre las nubes.

– ¿En dónde dejé mi cepillo? –

Fue lo último que escuchó antes de que su cráneo reventara en el azulejo.

*Texto nacido en un taller de Té de Querer.